Oficios de la edición: La ignorada y a veces desagradecida labor del corrector. Un texto de María Bellver

Largo es el camino del escritor. Y más largo aún el de la obra publicada. No es fácil reunir en un mismo tiempo y lugar una buena idea dispuesta al desarrollo, el espacio (la habitación propia), la capacidad y la disciplina necesarias para escribir una obra por corta y sencilla que pueda parecer. Y, una vez conseguido, la trayectoria del texto no ha hecho más que empezar.
Muchos son los oficios que se verán involucrados en el proceso de corrección, edición y publicación (mira, por ejemplo, todos los servicios que ofrecemos al escritor en Angels Fortune [Editions] ) y ninguno es baladí.
En nuestra voluntad de mostraros nuevos autores y demostraros que otra vía de publicación es posible, no podemos pasar por alto la maravillosa labor que tantos profesionales llevan a cabo antes de que una publicación vea la luz. Muchas veces ninguneados y muchas más desapercibidos, desde aquí queremos romper una lanza por todos estos especialistas tan y tan necesarios.
Hoy comenzamos con este estupendo y esclarecedor texto de María Bellver, correctora, autora y gran persona (que una cosa no quita la otra).



La ignorada y a veces desagradecida labor del corrector
Un texto de María Bellver

La primera definición que da la RAE sobre la corrección es “la acción y el efecto de corregir”, pero me gustaría puntualizar que como algunos otros compañeros también opinan esta va mucho más allá y empieza siendo una profesión para convertirse en un oficio y acabar siendo un arte. Una profesión porque se requiere de una enseñanza formal y se percibe una retribución, un oficio porque se sigue aprendiendo mientras se trabaja y un arte porque se tiene la capacidad y la habilidad de hacer algo: el corrector debe tener la delicadeza y también la cautela necesarias para intervenir en un texto que no es de su creación, intentando que llegue siempre al destinatario final en las mejores condiciones.
El corrector suele ser una persona perfeccionista, organizada, curiosa, paciente, con un gran poder de concentración, que duda y consulta constantemente, que es firme pero a la vez flexible, que siente un profundo respeto por el lenguaje y una gran pasión por la lectura y que tiene como meta final entregar un trabajo digno para que el autor lo comparta con el mundo.
La teoría está muy bien, pero en la práctica el corrector suele ser una persona casi invisible para el lector y se convierte desde el inicio en una figura incómoda para algunos autores que creen que su trabajo va a ser juzgado. Algunos les ven con miedo, cuando en realidad su tarea no es otra que ayudar a corregir, retocar y mejorar los textos que pasan por sus manos, ya que nadie es más consciente que ellos de las dificultades que existen en este campo. Lo normal es que esos miedos desaparezcan y se transformen en una actitud colaboradora muy gratificante para ambas partes pero desgraciadamente no siempre ocurre así, y en ocasiones su labor no es valorada lo suficiente y sí criticada muchas veces tanto por el autor como por el lector final.
Voy a enumerar las tres correcciones básicas que creo debería pasar todo escrito antes de ser publicado:
  1. Corrección ortotipográfica. Revisar los errores ortográficos, de puntuación y ajustar la ortografía a las normas que marca la RAE (2010), aplicar recursos tipográficos y unificar criterios, entre otros.
  2. Corrección de estilo. Eliminar errores e imprecisiones de vocabulario, aumentar la riqueza léxica, suprimir muletillas y vicios, corregir errores gramaticales y ajustar el texto según las normas y usos, solucionar y dar mayor fluidez al relato mediante recursos precisos y hacer que este sea comprensible para el lector final (no es lo mismo un lector de España que uno de Argentina), entre otros.
  3. Corrección de maquetación, galeradas o pruebas. Detectar viudas y huérfanas, la repetición de sílabas en líneas consecutivas, las palabras mal partidas, señalar errores en el tratamiento de blancos, márgenes, líneas cortas, filetes, foliación, etc.
El autor es el encargado de desarrollar una idea, de crear una historia o de explicar una teoría, mientras que el corrector es el “responsable” de que el texto sea correcto, claro, preciso y eficaz, siempre teniendo muy presente la labor por la que ha sido requerido.
Es muy fácil y también gratuito criticar el trabajo del corrector cuando una vez impresa la obra se detectan fallos, o dicho de otro modo, del corrector solo nos acordamos cuando encontramos erratas impresas. Recuerdo haber leído hace mucho tiempo que en una corrección el error se reduce, pero no se elimina; es decir, que un libro impoluto de errores es una quimera. También es importante señalar, como sostiene Pablo Valle en Cómo corregir sin ofender, que “cuando hay una errata tipográfica en una página, hay más de mil letras y espacios correctamente revisados…”.
Los correctores somos seres humanos, no máquinas. Con ello, no estoy intentando justificar nada, solo quiero dejar claro que todos nos equivocamos, que no somos perfectos ni estamos en posesión de la verdad absoluta, pero que hemos empleado nuestro tiempo y también nuestro dinero en formarnos adecuadamente para desempeñar esta labor, y que cada día intentamos aprender un poco más para que nuestro trabajo sea mejor en un futuro.
Antes de juzgar y sobre todo de criticar, deberíamos pararnos a pensar que hay detrás de cada corrección, es decir, las condiciones en las que el corrector ha tenido que realizar su trabajo:
  • El estado del original que ha llegado a sus manos.
  • Si se ha podido realizar una lectura previa a la primera corrección para poder familiarizarse con el texto. La respuesta en el 95 % de los casos es que ha sido imposible hacerlo, pese a que es muy necesario.
  • Las horas reales dedicadas a corregir. Me refiero a las constantes prisas y urgencias que en numerosas ocasiones nos solicitan, bien por las fechas pactadas para las presentaciones o por la presencia del autor y de su obra en ferias o eventos, etc.
  • El presupuesto que ha aceptado el autor y que ha dado por bueno el editor, muy a pesar de las recomendaciones del corrector. No es lo mismo realizar una de las tres correcciones básicas explicadas anteriormente que contar con el tiempo y el presupuesto necesarios para efectuar las tres.
  • El número de correcciones que ha pasado ese original antes de ser maquetado.
Y así un largo etcétera de situaciones, cada una de ellas si cabe igual o más importante que la anterior.

En ocasiones, puede resultar hasta agotador tener que explicar la importancia de una corrección, ya que hay personas que no están dispuestas a escuchar y mucho menos a aceptar que su escrito necesita ser corregido. Todos, y cuando digo todos es todos sin excepción, precisamos de alguien que nos corrija, hasta los propios correctores. Desanima y frustra mucho, cuando después de haber realizado tu trabajo de la mejor manera que sabes y con toda la dedicación y el respeto que se merece y que nos dejan, alguien se atreva a juzgar tu trabajo sin ningún tipo de fundamento, a lo mejor sin criterio alguno y sobre todo sin conocer el proceso real de esa corrección. De esa primera emoción por tener un nuevo encargo en tus manos se pasa a una sensación de tristeza que puede convertirse en un paulatino enojo hasta llegar a la indignación. En ningún caso, me atrevería yo a juzgar la operación a corazón abierto que realiza a diario cualquier cardiólogo o la forma que un abogado tiene de defender a su cliente. Yo opino sobre lo que conozco, no sobre lo que ignoro. Para ser justos antes de opinar deberíamos indagar, recopilar información y tener conocimientos sobre el tema que vamos a abordar y también sobre las circunstancias reales que llevan a ese resultado final, ya que pueden ser totalmente distintas de las que nos podemos llegar a imaginar.
A lo largo de mis ya muchos años de experiencia, me he encontrado con situaciones de todo tipo, algunas de ellas muy desagradables y hasta ofensivas y otras muchas, por suerte, totalmente gratificadoras y alentadoras. Estas últimas, en según qué momentos, son como un soplo de aire fresco y dan sentido a las innumerables horas que nos pasamos delante del ordenador o consultando diccionarios y manuales para que nuestro trabajo llegue al destinatario final en las mejores condiciones.